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Compartir cultura y otras milongas

Compartir cultura no es robar.

Esta es la premisa más extendida actualmente entre la sociedad, especialmente entre la gente joven. Tanto es así, que la proclama es defendida con verdadera behemencia en multitud de foros, suscitando un interés casi desmedido, que incluso han impulsado la ejecución de protestas callejeras. Por supuesto siempre bajo el paraguas de esa idea tan idílica de la cultura libre.

Ciertamente pocos temas han removido tanto los ánimos entre la juventud durante los últimos años como los originados en este debate: que si el canon, que el si el P2P, que si los derechos de autor.

La verdad, a menudo me extraña y sobretodo me escama, la pasión incondicional que ha desatado esa defensa acérrima de la cultura. Un cultura que, por otro lado, llevaba muchos años indefensa y desprotegida, y es ahora objeto de culto y protección por parte de la gente joven.

Antes se luchaba por los derechos civiles, por la paz mundial, ahora por la cultura ¡Es tan bonito! A veces me emociono tanto que me dan ganas de cantar el we are the world.

¡Venga ya! Hablemos claro y con propiedad, y llamemos a las cosas por su nombre.

A la la gente le importa una mierda la cultura (le importa una mierda todo lo que no sean sus propios intereses) lo que no quieren es perder el chollo, ahora que pueden, de la músiquita y las peliculitas gratis. Todo lo demás que me quieran contar son milongas.

Porque empecemos desde el principio.

¿Qué es cultura?

Nadie jamás va a convencerme de que el último puto disco del Bisbal debería ser catalogado como jodida cultura ¡Acabáramos!

Tradicionalmente la música ha sido parte del folclore y la cultura popular de los pueblos. Pero, ¿No cabe preguntarse si esta concepción de música y cultura sigue teniendo vigencia en nuestros días?

Está muy claro. Hubo un punto en nuestra historia en el que se empezó a crear música como un producto más, como el que fabrica galletas o tubos de escape. Y un producto tiene una condición intrínseca per se: su comercialización.

Por tanto, ¿Cultura? ¡No señores! Podríamos abrir una agitada discusión entre la manera de discernir música-cultura y música-producto. Pero lo que está claro es que esto último existe y es sobre este espectro de la música sobre el que se agita esta cruenta batalla entre los que quieren beneficios y entre los que quieren productos gratuitos. Porque todo se reduce a eso.

¿Es lícito que discográficas o artistas quieran lucrarse? Que alguien me explique el motivo por el que no debiera serlo ¿Es que no estamos en una economía de libre mercado? Ellos crean un producto y ellos le ponen el precio que quieran ponerle ¿O es que debería funcionar de otra manera? ¿O solo vamos a aferrarnos al sistema para lo que nos interesa?

Dicho esto, se esfuma toda esta historia de cultura libre y demás sandeces. Porque estoy plenamente de acuerdo en que la cultura debe de estar al alcance de todos. Pero denominar cultura a un producto manufacturado es pervertir la concepción de la misma.

Entonces, si las cosas están así, ¿Cuál es el motivo de la protesta?

Los derechos de autor.

Últimamente parece que nombrar los derechos de autor es un sacrilegio. A estas alturas resulta que parece obsceno que los autores tengan derechos. Claro, es normal, porque si reconocemos los derechos de autor, o lo que es lo mismo, los derechos de explotación de su obra, nos quedamos sin argumentos para negarnos a abonar los mismos. Porque, ¿Qué es lo que ocurre? ¿Que no deberían tener derechos de explotación de las obras que crean? Pero, ¿Con qué argumento? ¿Alguien me lo quiere explicar? ¿Alguien me quiere explicar por qué el fruto de la creatividad de los artistas, su trabajo, debe no valer nada?

¿Qué autoridad tiene nadie, que quiera que el fruto de su propio trabajo, ya sea físico o intelectual, merezca remuneración, para pretender que el trabajo de otras personas no lo merezca?

El trabajo de una persona se supone que vale en función de la importancia, la dificultad, la responsabilidad y/o el interés que despierte. Y resulta que la música despierta mucho, muchísimo interés. No es justo que porque la tecnología permita ahora que el fruto del trabajo de los artistas se pueda empaquetar en cadenas de bits y pueda ser copiado infinitas veces sin apenas coste, deje de pronto de tener valor.

El modelo de negocio.

Efectivamente, el modelo de negocio de los artistas está sometiéndose a un cambio radical. La venta por copia física está desapareciendo. La tecnología actual ha generado la demanda de nuevos sistemas más inmediatos, eficaces y ajustados a las necesidades de cada individuo. No obstante, la necesidad de nuevos modelos de negocio no puede ser utilizada como argumento torticero para justificar la piratería.

Y me refiero al clásico argumento burdo de que la música debe ser “libre” y que el modelo de negocio de los artistas debe basarse en otras actividades paralelas, como conciertos, merchandising, etc.

¡Pero bueno! ¿Qué milongas están contando? ¿Quiénes somos para obligar a una determinada industria a que establezca un determinado modelo de negocio? Un modelo de negocio podrá ser o no ser éxitoso, pero ¿Quiénes somos para establecer de forma casi cohercitiva la forma que tienen otros de ganar el dinero?

El asunto es claro. Ellos producen música, ellos le ponen precio ¿Te parece caro? Pues no obtengas el producto. Punto y se acabó. Oferta y demanda. No hay más vueltas que darle al asunto.

Pero claro, desde el momento en el que introduces la posibilidad de que unos obtengan lo que otros producen sin que estos últimos obtengan nada a cambio, se rompe el equilibrio natural y se establece una situación de injusticia e indefensión. Sí, he dicho de injusticia e indefensión. Que no me venga nadie con que los artistas son ricos y los demás pobres. Si son ricos es precisamente porque la sociedad ha valorado y pagado el fruto de su trabajo. No vale decir ahora que son ricos ¡Pues no haberlos hecho ricos!

Repito. Porque la mayoría no lo entiende o no quiere entenderlo. Oferta y demanda. Ellos crean un producto y le asignan un precio ¿No quieres pagar lo que cuesta? Pues no lo adquieras. Nadie te obliga. Confórmate con escucharlo en la tele o en la radio ¿Quieres escucharlo donde y cuando quieras? Es decir, tener posesión de esa música, Pues deberá costarte algo. Porque bajo esas condiciones la crean. Y si no quieres nada de eso, pues escucha música libre de derechos o cómprate una pandereta y haz tu propia música, como hace Manu Chao.

Como dice César Martín, que es una persona que se atreve a decir siempre lo que piensa sin entrar nunca en populismos lamentables y facilones: Robar es robar. Así de claro.

Lo que ocurre es que, ahora, desde la cómoda posición de consumidores ultraenvalentonados, P2P mediante, es muy fácil adoptar posturas contra los autores – “¡Que se jodan!” – ¿Que se jodan? Pero, ¿En qué quedamos? ¿Que se jodan los que me proporcionan tu música y tus películas favoritas? ¡¿Por qué queremos que se jodan?! Un día de estos ese conflicto interno bipolar va a matar a más de uno.

En fin, habrá quien piense que estoy haciendo con esto una defensa de las asociaciones de artistas y discográficas en su guerra particular. Pero, ¡Rotundamente NO!

Las discográficas.

Las discográficas no son precisamente santo de mi devoción. Por muchos años han hecho el agosto difundiendo “artistas” y “música” prefabricada que aborrezco profundamente. Pero si con ello se han lucrado es porque la sociedad ha sido sumamente vulgar. Desde luego a nadie le han puesto una pistola en el pecho para que comprara el CD de las Spice Girls u otras bazofias de las que, pasado un tiempo, todos se avergüenzan. Ellos han creado productos y la gente los ha comprado masivamente ¿Dónde está el problema? Seguramente en la estupidez de la gente.

La cuestión es que mi animadversión personal contra las discográficas no me impide ser objetivo a la hora de analizar los intereses que mueven a cada parte del conflicto. Y salvo una pequeña minoría que verdaderamente defiende una cuestión puramente idealista de cultura libre, a la inmensa mayoría de nosotros, consumidores, lo único que nos importa es nuestro propio bolsillo. Y de ahí el revuelo.

¿Es que son malas porque quieren ganar dinero? Ah, ¡Claro!, ¡Me olvidaba de la absoluta filantropía que inunda esta sociedad! Me olvidaba que nadie en este mundo quiere ganar dinero. Pues, que quieren que les diga, señores, hay que tener mucha cara para criticar a nadie o a ninguna empresa por querer ganar dinero, salvo que la forma de hacerlo caiga en la inmoralidad. Y no es el caso, señores. Nadie en su sano juicio puede calificar su negocio de inmoral.

Que ¿La música era y es cara? Vuelvo a lo mismo. La oferta y la demanda lo coloca todo en su sitio. Y mientras no existía el elemento desequilibrate de las redes P2P, las discográficas se forraban. Así que tan cara no debía ser si la industra funcionaba (¡y vaya si funcionaba!)

Sí estoy de acuerdo en que el precio de la música era excesivo, y que abusaban de su posición dominante. Pero bueno, ¡No dejaba de ser lícito! No hablamos de medicinas o productos de primera necesidad, al fin y al cabo hablamos de ocio ¿Lo quieres? Cómpralo ¿No lo quieres? No lo compres.

¿Es justo que la sociedad, estando ahora en posición dominante, les devuelva la pelota? No vamos a engañarnos, podría serlo hasta cierto punto, pero no olvidemos que fue la sociedad la que hizo rica a las discográficas. Si tan abusiva nos parecía su posición, ¿Por qué no las boicoteamos en su momento? ¿Por qué nadie hizo nada?

Invocar ahora a esa injusticia pasada no es más que un pretexto para justificar algo que sabemos que está mal.

Las sociedades de autores y el canon.

Las sociedades de autores se han comportado históricamente como una verdadera mafia organizada que flaco favor han hecho a la imagen de los propios autores. No creo que haya que explicar esto demasiado, a la vista de todos está.

Me da la impresión de que los autores se han sumido por inercia en unas organizaciones sobre las que no han debatido su finalidad y moralidad cuando era necesario. Y ahora, cuando las cosas no van tan bien, simplemente han sido fagocitados por dichas organizaciones, dejándose llevar por su postura, sea cual sea, en defensa de sus intereses. Un poco del modo en el que el movimiento nacional-socialista se alzó arrastrando a las masas.

Por supuesto, no trato de eximir la responsabilidad directa de los autores en esta situación. Ellos, como socios, han permitido que estas sociedades actuaran sin escrúpulos.

Uno de los ejemplos de escasos escrúpulos se materializa en el dichoso canon ¿Qué decir del canon? Pues que es una auténtica barbaridad y una inmoralidad. Como me dijo una vez mi novia (que para eso es la culta) a lo que más se parece el canon es a un impuesto medieval.

Entiendo que los autores quieran defender de alguna manera sus derechos, pero posicionarse a favor del canon es absurdo y además les pone en contra a toda la sociedad.

Los autores deben asumir la realidad.

Los autores deben entender que las cosas han cambiado, y para siempre. En primer lugar deben salir del estado de pánico, promovido en gran medida por las propias sociedades de autores y las discofráficas, que son quienes más tienen que perder con el cambio. Deben que dejar de llorar por las esquinas y dejar de echar pestes de “internet”. La sociedad no acepta que un grupo de personas, cuyas cabezas más visibles son unos auténticos privilegiados desde el punto de vista económico, se quejen precisamente de cuestiones económicas.

Las cosas nunca van a volver a ser como eran antes. Se acabaron las grandes tiendas de discos. Los dinosaurios discográficos están muriendo. Las  sociedades de autores están cavando sus tumbas.

Pero son los autores, y solo los autores, quienes pueden y deben darle la puntilla final a dichas sociedades y a sus discográficas, acabar con los agoreros, y comenzar a trabajar en la búsqueda de soluciones reales. Deben poner a la sociedad de su lado y facilitarles la vida para que puedan consumir.

Las cosas pueden ser aun mejor a parir de ahora, tanto para los propios autores como para la diversidad musical. Hay que ofrecer más y mejor. Prescindir de intermediarios. Posicionarse fuertemente ante los distribuidores de música digital, como iTunes, para que rebajen los precios y eliminen por completo los DRMs. Apoyar masivamente nuevas fórmulas como Spotify y otras que vayan surgiendo.

No puede ser que, sean otros, y no los propios artistas los que hayan creado y promovido nuevos modelos de negocio como iTunes y Spotify. No puede ser que sigan lamentándose mientras son otros los que buscan soluciones para ellos.

Hay que dejar de mirar hacia atrás, abandonar la caza de brujas, asumir el presente y mirar hacia adelante con un poco más de inteligencia. Y tienen que ser ya, tienen que actuar rápido, porque ya están llegando muy tarde y han perdido casi todo en el camino.

Hacer un comentario Diciembre 31st, 2009


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